«Exhibicionismo» digital y desprotección infantil: el peligro de colgar fotos de nuestros hijos en las redes sociales

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Vivimos en la era del exhibicionismo digital patológico en la que constantemente todo cuanto hacemos o pensamos, bueno todo no, sólo lo que creemos que transmite una buena imagen de nosotros mismos, se comparte en una u otra red social. Lo que no se publica, lo que los demás no ven, no existe, pierde sentido. Construimos nuestro mundo entorno a una imagen falsa de nosotros mismos que queremos dar a los demás. Basamos nuestro autoestima y nuestra felicidad en el número de seguidores, de likes, de visitas o de comentarios. Entramos en la banalidad del siglo XXI, cuyos efectos y consecuencias estamos lejos de conocer todavía.

Dentro de este marco social, la polémica está servida en cuanto a publicar fotos de nuestros hijos en internet. Muchos adultos hartos e indignados de que se les juzgue por hacerlo. Y no sin motivo, a nadie nos gusta que nos juzguen ni aún cuando sabemos que lo que estamos haciendo no está bien. Menos nos gustará ese juicio si además creemos que no hay nada de malo en ello. Por otro lado, estamos quienes creemos que son más los perjuicios y riesgos para el menor que los beneficios que él vaya a obtener de dicha situación.

Quizá por inconsciencia, por desconocimiento o por otros motivos, los datos sobre menores expuestos en la red son tan alarmantes: el 81% de los bebés tiene presencia en internet al cumplir los 6 meses, y de ahí para adelante. (Según una encuesta publicada por AVG, firma de seguridad informática). Y es que la presencia de nuestros hijos en las redes no está exenta de peligros. La mayoría de estos peligros son cada vez más conocidos, se derivan de la geolocalización a través de la foto,  de el exceso de información privada que se convierte en pública y de prácticas como el morphing en la que se crean montajes pornográficos a través de imágenes obtenidas de las redes sociales. Pero los peligros no acaban aquí.

Son las primeras generaciones en crecer con una vida púbica, con una imagen de sí mismos creada por otros a la vista de todos. Son las primeras generaciones que cuando lleguen a la adolescencia y tengan la ardua tarea de crear su identidad, contarán con una variable nueva, totalmente fuera de su control y de su decisión: el perfil digital que sus padres le han ido creando. Y es que lo que hoy vemos bien, mañana quizá no lo sea. Crecer con un reflejo de identidad creado bajo el deseo de los padres, más que bajo su propia forma de ser puede acarrear consecuencias en el desarrollo de los menores de los que hoy aun no somos conscientes.

Además, por su puesto, de todas las cuestiones éticas relacionadas con la privacidad. Quizá hay aspectos de su vida que en determinado momento evolutivo prefiere que no se conozcan, o que ayudan a un posible jefe, novi@ o acosador, a decidir y actuar en función de lo que ve y de la imagen que se crea a través de dicho perfil digital.

Y es que los menores tienen derecho a la privacidad y a elaborar su propio perfil digital cuando consideren y como consideren, seguramente después de que su autoestima, su autoconcepto y su identidad empiecen a forjarse apoyándose en informaciones más reales e importantes. Nosotros como sus progenitores tenemos la obligación de velar por ese derecho. Además de enseñarles a usar debidamente internet y las redes sociales cuando ya sean más mayores, para evitar las numerosas consecuencias psicológicas que se derivan de un uso indebido.

Y no es una cuestión tan simple como: son mis hijos y hago lo que quiero. Ejercer la patria potestad significa hacerlo en beneficio de los niños, y hay que preguntarse cuanto beneficio obtienen ellos de estas prácticas y cuantos riesgos asumen, así como cuántas «condenas» les caen al quedar en la red de por vida vídeos y fotos en cualquier tipo de situación.

La Ley Orgánica 1/1982 de Protección Civil del Derecho al Honor, a la Intimidad Personal y Familiar y a la Propia Imagen también establece que el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen es irrenunciable, inalienable e imprescriptible. En el caso de los menores, corresponde los padres o tutores legales la función de velar por este derecho.

Como comenta en un reciente artículo, la fiscal de Manzanares, Ciudad Real, Escarlata Gutiérrez Mayo,  todavía no hay jurisprudencia porque los afectados aún son menores y están lejos de denunciar, pero en unos años, nos encontraremos con adultos cuya vida es totalmente pública en internet, sin haber podido ellos decidir al respecto, con plena capacidad de denunciar a sus progenitores por tal hecho, como  ya hemos encontrado un caso en Asturias.

Y es que nuestra responsabilidad en la nueva era del desarrollo desenfrenado es formarnos y ser conocedores de las implicaciones de nuestros actos, en todas las áreas de su vida. Igual que nos preocupamos qué, cuándo y cómo introducirles la alimentación complementaría, qué educación recibirán, o por la crianza respetuosa, debemos preocuparnos por proteger su derecho de privacidad, de elección y enseñarles a usar las TIC en pro de su autonomía, desarrollo y bienestar.